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Blog Personal de Sucette
En 2022 mi mundo se derrumbó. El bullying en el colegio se volvió insoportable. Cada día era una batalla que perdía. Las burlas, los rumores y la soledad me consumían tanto que terminé perdiendo dos años académicos. Aquellos meses de aislamiento me retrasaron en la universidad y me hicieron dudar de todo, incluso de mí mismo.
Fue entonces cuando mi mamá enfermó. Una grave afección en la vista la dejó casi dependiente. De repente, mis noches dejaron de ser mías. Me levantaba a la una, a las dos, a las tres de la mañana para darle sus medicamentos. Le preparaba compresas, la acompañaba en la oscuridad y le sostenía la mano mientras el dolor la consumía. Esas madrugadas difíciles, en lugar de separarnos, nos unieron más que nunca. Cuidarla me enseñó el verdadero significado del amor y la responsabilidad. Con cada amanecer, sentía que también estaba cuidando una parte de mí que creía rota.
Poco a poco, mamá empezó a mejorar. Verla recuperar la visión fue como ver la luz regresar a mi propia vida. Fue en esos momentos de recuperación cuando tomé la decisión más importante: no iba a rendirme. Retomaría mi carrera, aunque el camino pareciera más largo y difícil.
Regresé con una determinación que ni yo mismo conocía. Me sumergí en los libros como nunca antes. Mis notas comenzaron a subir de forma sorprendente: obtuve 100 y 99 en catorce clases distintas. No solo estudiaba; participaba en todo. Desfiles, eventos culturales, competencias… en cada actividad destacaba, demostrando que la adversidad no me había apagado, sino que me había forjado.
El esfuerzo dio frutos. Me gradué con honores, ocupando el tercer lugar de toda mi generación en excelencia académica. Fue un momento de lágrimas contenidas y orgullo silencioso. Había convertido el dolor en combustible.
Luego llegó el siguiente gran desafío. Logré ingresar a UNAG, pasando el exigente examen. Fue una victoria inesperada y dulce. Ahora estoy aquí, rodeado de nuevos compañeros, nuevas exigencias y un futuro que parece enorme.
Sin embargo, no todo es triunfo. Tengo miedo. Miedo a fallar, a que las viejas inseguridades regresen, a no estar a la altura de lo que tanto me costó construir. Algunas noches todavía despierto recordando las madrugadas cuidando a mamá o los días oscuros del bullying. Pero entonces recuerdo su mano en la mía, recuerdo las calificaciones perfectas, el podio de graduación y la puerta que logré abrir con esfuerzo.
Esta historia no ha terminado. Estoy escribiéndola cada día con disciplina y gratitud. Sé que el camino sigue, y aunque el temor esté presente, también está la fuerza que gané en las peores noches. No soy la misma que cayó en 2022. Soy alguien que aprendió a levantarse, a cuidar, a perseverar y a brillar incluso en la oscuridad.
Y mientras avance, llevaré conmigo la lección más importante: las caídas más duras pueden convertirse en los cimientos más sólidos.
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